El reciente artículo de Rohan Grey, How the Left Lost the Plot on Crypto and How to Find It Again, es una contribución lúcida al debate contemporáneo sobre dinero digital, criptoactivos y poder político. Frente a la confusión azuzada por los bulos y los algoritmos Grey propone una visión progresista coherente: dinero público digital, privacidad fuerte y una ofensiva regulatoria contra los sustitutos monetarios privados que privatizan beneficios y socializan pérdidas.
La propuesta es valiosa. Pero en esta ofensiva regulatoria deja fuera una pieza clave: cómo un sistema de dinero y pagos públicos bien diseñado permite dejar atrás, de forma estructural, la lógica de los rescates bancarios y, con ella, el peso excesivo que ejercen en nuestras economías las finanzas especulativas, haciendo innecesarias también muchas de las regulaciones que tratan de prevenir estos rescates.
Dinero público digital: no cuentas, sino efectivo del siglo XXI
La cuestión de si debería ser el banco central, el tesoro o otro ente emisor quien cree nuestro dinero es muy debatida. Grey rechaza la imagen del “banco central como super-banco comercial” donde todos podamos tener una cuenta ya que cree que la gente no confía en nuestros tecnócratas. El horizonte progresista para él no debería ser simplemente tener cuentas en la Fed o en el BCE, sino recuperar la idea de dinero público como bien común, equivalente funcional al efectivo. Una idea, la de crear el equivalente digital del dinero en efectivo que ya se está usando en gran parte de nuestro movimiento por la reforma del sistema monetario.
Su metáfora de monedas digitales emitidas por la Casa de la Moneda —simples, anónimas, con datos almacenados localmente, no en grandes bases centralizadas— es poderosa. No porque sea la única arquitectura posible, sino porque desplaza el debate desde la eficiencia financiera hacia la libertad, la privacidad y el control democrático del dinero. Esto es esencial justo mientras el sector privado trata de desarrollar soluciones para precisamente remediar los problemas de interoperabilidad, coste y velocidad de los pagos, tratando así de evitar un cambio más profundo que desplace la centralidad que ahora tienen los depósitos bancarios y otras formas de dinero privado que logran compartir riesgos con ellos volviéndose sistémicas (entre los que está también la deuda pública).
Regular el “dinero en la sombra”… o hacerlo innecesario
Grey pone el foco —con razón— en los shadow monies: pasivos privados que circulan como si fueran dinero público (depósitos, repos, fondos monetarios, stablecoins), pero que solo sobreviven porque el Estado los rescata cuando colapsan mientras la única forma de dinero digital público (las reservas) no es accesible nada más que para tesoros nacionales y bancos.
Aquí su propuesta es clara: regulación amplia y estricta para evitar repetir las crisis de 1929 o 2008. Pero hay un hecho adicional que pasa desapercibido para él, más transformador, que merece ser explicitado:
👉 si existe un sistema público de pagos y ahorro completamente seguro, los sustitutos monetarios privados dejan de ser sistémicamente necesarios.
Cuando ciudadanos y empresas pueden: cobrar salarios, pagar impuestos, ahorrar liquidez, y realizar pagos cotidianos en dinero público libre de riesgo, entonces los instrumentos privados pasan a ocupar su lugar legítimo: inversión con riesgo, no cuasi-dinero garantizado implícitamente por el Estado.
Separar dinero y finanzas para acabar con los rescates
Este es el punto crucial que a menudo falta en el debate. Hoy, los Estados rescatan bancos no para que estos sobrevivan, sino porque el sistema de pagos y el dinero de la economía están atrapados dentro de balances privados. Cuando esos balances colapsan, el Estado no puede dejarlos caer sin paralizar la economía real.
Un sistema de dinero público digital cambia esta lógica de raíz:
- el dinero público deja de ser una promesa privada,
- los pagos dejan de depender de intermediarios frágiles,
- y las crisis financieras pueden resolverse sin rescates generalizados.
Los costes de una mala gestión, de apuestas especulativas o de modelos de negocio fallidos se internalizan en accionistas y acreedores, no en la sociedad en su conjunto a través de unos pagos lentos y caros, unas malas condiciones de financiación, poca remuneración de los depósitos o como contribuyentes para hacer frente a las transferencias de recursos públicos que sostienen los extraordinarios beneficios privados . Aunque un dinero digital público no elimina el riesgo financiero, sí elimina el chantaje sistémico.
Reducir rescates no es solo una cuestión fiscal: es una forma directa de reducir el tamaño político y económico de las finanzas especulativas, devolviéndolas a su función instrumental al servicio del resto de la economía.
Más alternativas de dinero, más democracia económica
Grey sugiere desplazar el foco desde “cripto sí / cripto no” hacia una cuestión de clase que permita innovaciones privadas sin las peores consecuencias. Grey resalta que la mayoría de la gente usa el dinero para vivir. Por contra las élites financieras usan instrumentos complejos para extraer rentas obteniendo posiciones de monopolio e inflando burbujas (a menudo con deuda) que después pagamos entre todos.
Un sistema de dinero público digital:
- no elimina la experimentación monetaria local,
- no prohíbe nuevas tecnologías dscentralizadas,
- no criminaliza la innovación social,
- no impone con que moneda has de pagar,
pero sí pone límites claros a la privatización del dinero como infraestructura básica.
En este sentido, la cuestión no es si las stablecoins deberían existir, sino por qué seguimos tolerando un sistema que convierte todo tipo de pasivos privados en dinero de facto que luego requieren rescates cuando fallan.
Recuperar el dinero como institución pública
No necesitamos elegir entre seguridad y libertad, ni entre innovación y control democrático. Un sistema de dinero público digital bien diseñado permite avanzar en todas esas dimensiones a la vez.
Pero solo si se entiende el objetivo final:
separar dinero y finanzas, acabar con los rescates, y devolver al dinero su condición de infraestructura pública al servicio de la sociedad.
Ahí es donde el debate sobre el euro digital, la regulación financiera y el futuro del dinero se vuelven no solo técnicos, sino profundamente políticos.
